lunes, 21 de marzo de 2016

"cómo drogarte en casa sin usar drogas"

Me gusta soñar, saber que cuando cierre los ojos y me sienta dentro de un espacio oscuro he infinito, puedo esperar, lenta y súbitamente, lenta y aceleradamente, como mi pensamiento se dispersa, se envuelve de sensaciones, colores, ideas extrañas que se conducen a sí mismas como una película improvisada por abstractos destellos de químicos en mi cerebro, que viajan hasta la punta de lugares extremos. Todo como una alucinación de alguna buena planta o droga, pero de la cual no tengo consciencia haber consumido y comienzo a preguntarme que ha sucedido, que cómo he llegado a estar saltando encima de las tetas gigantes de acuarela de alguna especie de mujer con el rostro de alguien de mi sangre, no diré quien, no quiero ser descubierta.... (como si al escribir un blog no estuviese exponiendo todos mis dramas emocionales inconscientes disfrazados, dotados de simbolos interpretables por cualquiera que se de la paja)
Entonces noto que me estoy quedando dormida....Buenas noches realidad. No te estimo ni te aprecio.

jueves, 17 de marzo de 2016

https://www.youtube.com/watch?v=myfYRPOiySA

A una mujer, de Paul Verlaine.

A usted, estos versos, por la consoladora gracia
de sus ojos grandes donde se ríe y llora un dulce sueño;
a su alma pura y buena, a usted
estos versos desde el fondo de mi violenta miseria.

Y es que, ¡ay!, la horrible pesadilla que me visita
no me da tregua y, va, furiosa, loca, celosa,
multiplicándose como un cortejo de lobos
y se cuelga tras mi sino, que ensangrienta. 

Oh, sufro, sufro espantosamente, de tal modo
que el primer gemido del hombre
arrojado del Edén es una égloga al lado del mío.

Y las penas que usted pueda tener son como
las golondrinas que un cielo al mediodía,
querida, en un bello día de septiembre tibio.

La danza de los ahorcados, de Arthur Rimbaud.

En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín. 

¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!

Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados, 
que antaño damiselas gentiles abrazaba,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!

¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno…

¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio!

Y de pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje 
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, cómo un saltimbanqui se agita en su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín