Era el día de mi indeseable cumpleaños, de mis veinte veranos. Entonces fui a una casa, la casa de una amiga que no es mi amiga, con su polola que no habla mucho y con otra amiga que la keromusho aunque ya tampoco me habla musho, musho asi como la kero. Entonces estábamos ahí, tomando vodka con bebida blanca, algo rico, suave. Tenía ganas de emborracharme, de andar chambreá en honor a todo lo que odiaba ese día y toda la mala vibra que tenia pegada en los pelos de mis piernas que no quise depilar porque me sentía molesta. Y entonces recordé que estaba en la pobla y de pronto surgieron en mí tantas ganas de fumarme un porro, que le dije a las niñas (que no fumaban) que era mi cumpleaños y por tanto mi deseo era fumar porro, entonces salí con la dueña de casa, a recorrer las calles y llegar hasta una casa que ella creía que había porro. Llegamos ahí y la señora nos mandó a freir monos al áfrica, nos dijo que su casa era decente, que cómo se nos ocurría. Y la verdad es que teníamos varias razones para que se nos ocurriera algo así de ése lugar...
De momento no pasaba na, la cosa taba media angustiosa y la niña ésta quería irse a la casa, pero yo no quería volver con las manos vacías, entonces le dije que ella se fuera y que yo seguía buscando, que era cosa de mirar bien nomás (haciéndome la chora), en quince minutos vuelvo, le dije.
Era una noche tibia, las calles anaranjadas por la luz nocturna, la soledad falseada por un par de gárgolas en cada esquina. y yo caminando, como una "perdida" más, por los pasajes oscuros, hasta que encontré a dos personas, dos pasteros, por llamarles así. Una chiquilla muy flaca y otro que era como un chiquillo envejecido y flacuchento también. Les pregunté por porro y el sujeto de las mejillas chupadas, se me acerca y dice "flaquita, aqui no hay porro, pero yo te hago la mano po, ma´allá, vamo, yo la llevo." Mi ser racional se habría negado, pero ese ser no sé dónde cresta está, así que le dije que yapo, y el muy barsa me abrazó y me llevó muy cariñoso pal supuesto antro del porro. Yo igual me asusté, me intimidé y pensé que mejor me hacía la simpática, además que igual quería la mano del porro, entonces cualquier cosa le pegaba un empujón y corría como mala de la cabeza, si igual estaba todo pasteado y según yo, mucho no podría hacer. Entonces caminamos, caminamos y caminamos por calles que en mis pesadillas había recorrido, en cada esquina personajes, bebiendo, fumando, drogándose, algo que yo hago, pero en ellos había ese tilde siniestro y decadente que la iglesia y los vecinos se encargaron de meterme en la cabeza en mi aburrida infancia.
Pasamos por varias manos, en todas, no había porro. Ya media chata, haciéndome la simpática chora de calle y media perdida del espacio lugar tiempo, me dijo que hiciéramos una parada; "¿Le molesta si me pego un antenazo?" - no me tuteaba, supongo que de galante - de curiosa le dije que ya, nunca había visto de cerca a alguien fumar pasta. PERO le dije que me dijera dónde cresta estaba la calle maría del pilar (el salto) y que la luego me iba a ir, pero entonces, me miró, con su cara chupada, gastada, arrugada, café, los ojos caídos, inyectados, con la sombra de las ramas de un árbol cubriéndole la mitad de su rostro demacrado, abre el papelito de cuaderno, con el fierro delgado de una antena cortada en cada extremo, la unta al polvo blanquecino del papel, la sustancia se queda pegada en la punta y ahí le pone la llama en más. aspira. olor a toxicidad quemada, parecido a plástico de lápiz bic y fierro. Los pasteros para mí, siempre han sido como los egoístas de las drogas, los tiene tan atrapaos que no les gusta andar compartiendo la volá con otro, sólo lo que haya que sea para ellos nomás, pero él, me miró, lo miré, en la esquina del pasaje y me dijo, "¿quiere?, le va a gustar, si no hace mal, si uno no quiere no se queda pegado." y ahí vinieron a mí, miles de escenas en las que me dijeron que la pasta era el peor vicio que alguien pudiese tener, que después de aquello no hay vuelta atrás, pensé en mi papá. Recordé las miles de veces que dije que jamás probaría algo así, que la droga no sería jamás parte de mi vida, que era para tontos. Le dije que sí.
Caballerosamente hizo todo el proceso por mí, yo sólo succioné con mi boca, como si fuera una bombilla, mientras él decía murmullos que no recuerdo. Segundos en que el sabor se impregnaba por mi garganta, bajaba, bajaba, solté el humo. y todo pareció oscurecerse un poco, la boca, la pera, la nariz, los parpados y las mejillas, se me cayeron, se durmieron en una exquisita sensación de placer. Me sentí elevada, mi pecho como si estuviese anestesiado y el corazón latiendo, latiendo, latiendo fuerte, era una sensación viva, pero llena de muerte. Él me sonrió; "¿y? ¿le gustó? se siente rico no ve...." Se rió, yo me reí con él, me reí mucho, como si estuviera muy feliz. Sacó una petaquita azul, y bebimos alcohol, no sé qué, pero era alcohol. Yo estaba entregada.
Comenzamos a caminar, a seguir buscando, y caminar era como ir perdida en mi propia percepción, creer y sentir que había menos gravedad, ver todo mucho más oscuro, la pasarela, los focos amarillos, las sombras de desconocidos rondando la calle, me sentía como en un sueño, realmente un sueño.
Esa noche la consumimos 5 veces, gasté el dinero que tenía para el porro. Recorrimos cada esquina oscura, la consumimos, mis labios estaban un poco secos, los quiso besar. Quise negarme, pero supongo que la droga estaba ahogando a mi ser, me estaba transformando en una extensión de su deseo. Tocó mi trasero y acercó su boca mal oliente, seca y chupada a mi boca, lenta pero con fuerza le empujé y le dije que me dijera dónde estabamos, que qería irme a mi cumpleaños. Me ofreció celebrar mi cumpleaños en su casa, juntos, la pasta, él y yo. Comenzamos a caminar y yo empecé a quejarme, a murmurar que no sabía dónde estaba, que me dijera dónde estaba la calle maría del pilar, que yo me iría sola, pero que me dijese, que tenía miedo. Me decía que sí, pero yo sentía que sólo dabamos vueltas y vueltas. Creo que una mujer nos escuchó, una señora sentada en un banquito afuera de una casa de madera, comenzó a gritar, decir cosas que no entendí "Toki, Toki, que andai haciendo con la señorita, déjala tranquila, tu no soy chileno, los mapuches son malos, dejala toki, anda a ser guerrero" y él le dijo vieja conchetumare.
Yo empecé a correr, mientras corría, le decía, "Me traicionaste Toki, dónde está la calle maría del pilar, déjame sola, voy a llegar sola"
"Venga, yo la voy a dejar en su casa, yo no soy malo, usted sabe que yo no soy malo" Volví hacia él, caminamos entre medio de dos pasajes y reconocí la maldita calle maría del pilar. Me dejó en la puerta de la casa de mi amiga. Me dió un beso en la mejilla y me dijo que me cuidase, lo hizo con amor, lo sentí. Le dije que fuera feliz.
Golpié la puerta, una de mis amigas abrió. Entré y una de ellas estaba en la pieza llorando. Habían pasado 3 horas desde que yo había salido, salieron a buscarme, no me encontraron, lloraban porque no sabían que hacer. Discutimos, lloraban, nos abrazamos. "Incosciente, dónde estabas, qué hiciste, tenís la cara rara, qué hiciste. Cagaste el carrete."
Ese día nos acostamos las 4 juntas.
Antes de dormirme, pensé en en el Toki, pensé que fue bueno conmigo, Lo imaginé sin las arrugas, sin aquella apariencia pastera, y hasta parece que era bonito. Pensé en mi cuerpo, en mis neuronas. Temblaba. Pensé en Dios. Hice una oración. El último recurso de un bribón.
domingo, 23 de noviembre de 2014
lunes, 3 de noviembre de 2014
El sauce
La sombra de nuestras siluetas encajándose, entremezclándose al movimiento del placer desesperante de contener su pene dentro de mi vagina aprisionada por el vaivén de su cuerpo caliente, húmedo y decidido. Tenía un ligero calambre en mi pierna derecha, por tenerla enganchada a la solitaria rama torcida de aquél sauce pequeño. Mi otra pierna sostenía el peso de mi cuerpo, ahí estaba de piernas abiertas, una en la rama y la otra en el pasto seco, por si no se entiende. Mi vientre se rasguñaba con la madera seca de la ramita, mientras que el roce de su pene con la carne húmeda y contraída de mi vagina se hacían sentir hasta la punta de mis pezones erectos.
El morado anaranjado del cielo atardeciendo, daban la tonalidad a nuestras pieles juntas, saboreándose al fresco libre de aquél campo semi abandonado. Sus gemidos en mi cuello, qué rico, qué suave, ahí más fuerte, sujetándose de mi cintura, acaparándola entera con sus grandes manos.
Me tienes loco.
Hazme toda tuya
Eyaculemos juntos.
La punta de su glande besaba el tope profundo de mi vulva enrojecida, enardecida, perdida, abriéndome al frenesí.
Mis cachetes retumbaban al choque de su vientre bajo
Clávame
Mátame
Un calor que desbordó la pared de mi sexo y subió hasta mi pecho, retorciédome, gimiéndo, mientras él derramaba en mí su semen caliente, esparciéndose por mi clítoris suavemente, piel de gallina, ojos blancos, su boca semi abierta, nuestros olores compentrados, mi ano dilatado.
Un orgasmo, una muerte onírica.
Ya no luce como sauce llorón, pienso, porque lo dejamos cargado de pasión.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)