lunes, 3 de noviembre de 2014

El sauce

La sombra de nuestras siluetas encajándose, entremezclándose al movimiento del placer desesperante de contener su pene dentro de mi vagina aprisionada por el vaivén de su cuerpo caliente, húmedo y decidido. Tenía un ligero calambre en mi pierna derecha, por tenerla enganchada a la solitaria rama torcida de aquél sauce pequeño. Mi otra pierna sostenía el peso de mi cuerpo, ahí estaba de piernas abiertas, una en la rama y la otra en el pasto seco, por si no se entiende. Mi vientre se rasguñaba con la madera seca de la ramita, mientras que el roce de su pene con la carne húmeda y contraída de mi vagina se hacían sentir hasta la punta de mis pezones erectos.
El morado anaranjado del cielo atardeciendo, daban la tonalidad a nuestras pieles juntas, saboreándose al fresco libre de aquél campo semi abandonado. Sus gemidos en mi cuello, qué rico, qué suave, ahí más fuerte, sujetándose de mi cintura, acaparándola entera con sus grandes manos. 
Me tienes loco.
Hazme toda tuya
Eyaculemos juntos. 
La punta de su glande besaba el tope profundo de mi vulva enrojecida, enardecida, perdida, abriéndome al frenesí.
Mis cachetes retumbaban al choque de su vientre bajo
Clávame 
Mátame
Un calor que desbordó la pared de mi sexo y subió hasta mi pecho, retorciédome, gimiéndo, mientras él derramaba en mí su semen caliente, esparciéndose por mi clítoris suavemente, piel de gallina, ojos blancos, su boca semi abierta, nuestros olores compentrados, mi ano dilatado. 
Un orgasmo, una muerte onírica. 
Ya no luce como sauce llorón, pienso, porque lo dejamos cargado de pasión. 

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