Tomarse un copete, fumarse un pito, pegarse un sake. La manera normalizada y más cómoda de fluir en una vorágine del surrealismo de una filosofía que yace en tu cabeza, desinhibida por una necesidad de llenarse el ego a través de una excusa.
Me da verguenza, ojalá nunca se acabase el vino y ojalá pudiese ser yo misma, embriagada del odio y el amor que no gobierna nada y florece como naturaleza misma y propia a la universalidad.
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