Comimos una manzana podrída, se veia sabrosa, era sabrosa, escurría su dulce jugo fermentado por nuestros dedos, pero ambos sabíamos que era una manzana podrída, y aunque su sabor era delicioso y empapaba nuestros labios de placer, sabíamos que aquella fruta estaba prohibida y que su pudrición calaría hondo en nuestro interior, destruyendo todo lo simple, lo bueno, lo malo, hasta convertirlo en veneno para almas. Pero no importó, como nada a nuestro al rededor.
Desde aquélla vez me gusta decir que no sucedió nada y que todo sigue igual desde entonces... Pero la gente me mira distinto.
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