..............El calor en el estomago, los dientes apretados, los ojos vidriosos, a carne viva, fuerte, roja ardiente, evaporizando el agua que me hace humanx. La mente dura, negra.
Siento Odio..............
-el momento de rabieta y sentimientos desolados confundidos-
Odio de tus miradas coquetas, dándole amor, profundo amor, de piel. Siento Odio de tus palabras y risitas condescendientes, de la atención que le das cuando te habla. Siento odio de que por las noches duermas con él, de tus húmedos "te amo".
Me gritas? Me das una cachetada? pues yo te odio, y digo entre labios, dientes apretados, digo susurrando con mi mente enajenada; "púdrete, que se pudra, ojalá que se pudra" arrodillando mi espíritu, aclamando hacia el cosmos repetía "púdrete, que se pudra" y el odio rechinando entre mis muelas.
-momento de momento-
Seguíamos con nuestra vida, yo iba al colegio, a mi clase de sexto básico, ella al trabajo, él a buscar trabajo. Vivíamos en un barrio con potreros, y habían hartos zancudos, tuvimos varios perros, y la casa albergó varios buenos y malos momentos. Un día sólo recuerdo que ella, mi madre, estaba enferma. su útero estaba complicándole y debía ser extraído en una operación simple. Yo fui esos días de la operación a la casa de mi abuelita, él se quedó en casa, cuidando del hogar y esperándole. Pasaron los días, pasaron las semanas y todo parecía bien, porque no me cuestioné nada. Pasaron 3 semanas y yo no comprendía bien porque ella aún no regresaba. no pensé en nada serio. Pasó un mes y semanas, y yo comenzaba a despertar asustada de pesadillas, gritando con angustia su nombre. Pasaron meses y nadie me explicaba bien. Puras cosas que no entendía.
Era clásico domingo, día de la madre, yo tenía un regalito que hice a mano en la clase de tecnología. tenía unas rosas que compré a las tías afuera del colegio. Me llevaron al hospital, estaba él, mi tío y mi abuelita. Entramos a una sala, en ella varios pacientes en camillas, tristes camillas, enfermos, tristes enfermos y al fondo, estaba ella, del ventanal llegaba a los pies de su camilla la luz del medio día.
Flaca, pálida y con la mitad del pelo blanco. Jamás en mi vida la había visto así, como si años de amargura se posaban sobre su rostro, su piel desteñida. ¿Quién es esta mujer? pasaba por mi mente, cuando interrumpe mi miedo llamándome hija.
Su mirada era diferente.
Me senté a su lado y le dije que le había traído un regalo, lo miró y lloró, me miraba y lloraba, quería decirme algo.
Hubieron un par de conversaciones de adultos, que no recuerdo, luego una paloma blanca se acerca sigilosa al ventanal, mi madre la mira, corren lágrimas de sus ojos y nos dice que es el espíritu santo, que Dios y eso del espíritu le hacen compañía.
Sentí terror.
¿Dónde está mi madre? Sentí su muerte, jamás volvería.
A las semanas después llegó, como una anciana enferma a la casa de mi abuelita, requiriendo cuidados. Yo por las tardes llegaba del colegio y la veía ahí postrada, expeliendo de su ser un olor desconocido, ya no olía al perfume de siempre.
- Hija, cuando yo estuve en el hospital, ¿rezaste? - me dijo suave, calmada, enferma.
- Lo de siempre, en la noche, y unos días rezamos el rosario con mi abuelita - le respondí sentada en los pies del cátre.
- Nunca hay que dejar de amar a Dios, de rezarle. Hija, es importante para mí que hagas la primera comunión, este domingo vayan a la iglesia de aquí, donde va tu abuelita al mes de maría, ahí para que ella te inscriba en la catequesis.Así es la voluntad del señor. - me habló segura.
- Mamá, antes eso no te importaba tanto, has estado rara, desde que volviste hablas de Dios, hablas mucho de él, te pones rara, hablas raro, siento como si no estuvieras aqui de verdad, no entiendo qué pasó, porque volviste así, porque viene gente aquí a dejarte remedios, porque tienes el pelo blanco, porque éstas tan flaca... y hueles raro. Tengo pena... - dije de niña.
- Estuve muy enferma, Cuando llegué al hospital todo estaba bien, entré al pabellón, me anestesiaron, me dormí. Después de un rato me sentí en un estado extraño, estaba todo oscuro, mis ojos estaban cubiertos, no podía moverme ni hablar, pero escuchaba voces, era la voz del doctor, el que me iba a operar; parecía enojado, escuché a otra persona, parecía la voz de un joven, el doctor lo estaba retando, "estay cortando mal hueón, mira bien donde está." Lo estaba retando, decía garabatos, el joven parecía responder preocupado. Me asusté, me dí cuenta en mi estado semi drogada, que me encontraba en plena operación, comencé a intentar hablar, oyeron mis quejidos y la enfermera me dijo que me calmase, perdí el conocimiento de nuevo. Desperté un día después, lo que había vivido parecía un sueño. Tu padrastro, él, el Christian vino a buscarme, me llevó a la casa, estuve allá un par de horas y comencé a tener mucha fiebre, me sentía muy mal. Ahí comenzó la pesadilla. Pasaron semanas en las que yo estube internada, con fuertes dolores, un malestar que no se lo doy a nadie hija, ningún doctor me daba respuestas, me llevaban de un lado a otro, examinándome. Exijí la verdad. Y La verdad era que me estaba muriendo de septicemia, una infección a la sangre. Pasaron los meses y yo lloraba todos los días, tenía pena en el alma y dolor en el cuerpo. De mi expelía un hedor de muerte. Nisiquiera los baños que la enfermera me daba lograban sacar el olor a podredumbre que me impregnaba... - Me contaba con la cara compungida, y las manos frías. - Hubo un dia, que tenia tanto dolor, tanto, que perdí el conocimiento, y ya no sentía dolor, me sentía tranquila, como si me hubiese mejorado, estaba como soñando. de pronto siento una ligereza en mi ser, como si estuviera fuera de plano, todo parecía resplandecer en luz blanca, no podía divisar las camas, los enfermos, en ventanal, ni las maquinas ni nada. Sentí la presencia de Dios en mi, entendí que me quería llevar consigo, pero yo le pedí con mi corazón, que me dejase vivir, que tenía que cuidarte a tí. Quién más lo haría.
Con lagrimas en nuestros ojos...
Me siento mal, traeme la bacinica.
Enseguida se la llevé, la coloqué al costado del catre, se levantó, se subió la camisola y su cara comenzó a desfigurarse, sus piernas abiertas, con la bacinica entre medio, tiritaban, de su vagina, de la que yo salí, comenzó a secretar un latigudo y extraño fluido verdoso, caía como un hilo a la bacinica, su olor era insoportable. Me corrí hacia atrás mientras ella comenzó a llorar a decirme que me fuera... ándate, ándate!
Salí de la pieza y el olor me perseguía, el olor a muerte, olor a pudrición
Mi abuelita fue a la pieza y salió rápido de ella, me dijo que fuera a comprar dos poett corriendo.
Mientras corría por la vereda con las moneas en la mano, sentía como el olor aún me perseguía, me perseguía como la culpa, como el recuerdo aquél de mis dias de rabia, cuando le deseaba que se pudriera, púdrete, púdrete pensaba en mi mente cuando ella era preferida por èl. Mi padrastro.
Púdrete púdrete, y se pudrió.
Llorando llegué a la casa con los poett. Estaba tan podrído el olor que mi abuelita botó la bacinica, y ocupó una botella entera de poett para la pieza, y aún así se sentía un poco el olor. Estaba afligida mi abuelita también, qué diablo era ese olor.
Era el olor al odio, a los celos, el olor a una pudrición deseada.
Perdóname mamita.
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