martes, 19 de julio de 2016

La noche del boicot.

Almas y días desperdiciados, transcurriendo entre matices grisáceos y cunas de cemento.

Voces ke vociferan silencio

Lamentos que descansan para la acción.

Era de noche, el cielo estaba oscuro. Las flores cerradas, los arboles con sus copas caídas, los perros callados, las calles llenas, los mentirosos con el hocico partío.

Se pierde la mesura de la cordura, se enderezan las luchas olvidadas, se rinden las comodidades, se van las oportunidades lejos de toda lógica.

Era de noche, palpitaban sin pulso los astros a lo cerca, detrás de la nube de smog. Se cuela su brillo por entre la suciedad, algo se ve, para quiénes miran el cielo de vez en cuando.

Sin razón, ¿cómo la creación? la gente se cuestiona la imbecilidad de su supuesta racionalidad
Se abren las camisas, los vestidos, se sacan la máscara de pestañas, el yokey, las tinturas, se cae toda ropa, otros corren despavoridos de si mismos, de sus caretas impuestas.

Giran las ruedas de los autos, en dirección a la inexistencia, así como ruedan las cabezas de los políticos, de los faranduleros, de los pendencieros, de los narcos, de los curas, los pastores, los mormones, de los traidores, los ambiciosos, los pedofilos,  de los poseros, los discriminadores, ruedan y ruedan como las pelusas del desierto, guiadas por el viento, viento tormentoso, que se limpia a si mismo, que se mete entre las faldas de las mujeres, de las putas llevándose las infecciones, los huevos contaminados.
Y
Los pelitos, que aún han podido crecer en alguna que otra vagina, bailan al son de la ventisca purificadora.

Viento, se lleva los miedos, se vuelan las papelinas, se pierden los billetes culiados en un camino invisible. Se lleva el viento, en múltiples torbellinos, todo envase de algo, se va, se va el envase de las cariocas y sus recuerdos, de las palmeritas, se van las servilletas de papel de las sopaipas, se va se va la cajetilla de los fox, todo aquéllo se va, en un viento fulminoso, desorbitado.

Sigue la noche y todo es caos.

El viento esparce el rocío de la fertilidad sobre los campos secos, sobre los arboles talados, sobre cementerios de flores, sobre los animales descuartizados, sobre la hierba natural.

Avanza la noche.

Algunos extasiados por el fulgor de esta noche sin retorno. Deciden levantarse, despojarse, enfierarse con sus propias jaulas. Una pila de teles y celulares con selfies, forman una pirámide, yace ahí en cualquier parte, como un recordatorio de la inconectividad. Una montonera de cosas por doquier, abandonadas, para quién se aferre, el viento, el mar, se encargan de entrelazarlos en su propia banalidad, y se van. Se van.

Todo rastro de capitalismo, de poder, de adquisición es crucificado y quemado en la hoguera de la pasión por la libertad.

Ya no hay estado, ni gobierno, ni medios, ni manipulación, ni guerras, ni pacos ni milicos, ni tanques ni banderas ni fronteras. Ya no tienen poder sobre nosotros. Se fueron a la cresta de la extinción. O más bien, de la trans-formación.

Llegó el amanecer.







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